LA DESINSTITUCIONALIZACION DEL PERU SE PROFUNDIZA
La desinstitucionalización del Perú se profundiza
Escribe:
Silvio Dragunsky
La crisis peruana ya no parece limitarse a una crisis de gobierno o de
liderazgo político. Lo que comienza a ponerse en cuestión es la capacidad misma
del sistema institucional para integrar socialmente a un país cada vez más
fragmentado entre formalidad e informalidad, legalidad e ilegalidad, Estado y
economías paralelas
En artículos anteriores sostuve que la crisis
institucional peruana no es un fenómeno meramente político, sino la
consecuencia superestructural de la emergencia de un nuevo actor social:
aquello que, por falta de una definición más precisa, podemos llamar “los
informales”.
Las elecciones presidenciales de 2026
constituyen, probablemente, la expresión más acabada de este proceso.
El peso creciente de “los informales”
En Perú suele repetirse que apenas el 30% de
la Población Económicamente Activa cuenta con empleo formal y cobertura plena
de la legislación laboral. La afirmación, sin embargo, suele formularse sin
detenerse en su consecuencia lógica: el 70% restante debe obtener sus ingresos
por otros mecanismos.
Ese universo incluye desde actividades de
supervivencia hasta complejas economías ilegales o semiilegales: minería
informal de oro, tala clandestina en la Amazonía, pesca ilegal, contrabando,
comercio callejero, corrupción estatal y, en los niveles más altos de
rentabilidad, el cultivo, procesamiento y exportación de cocaína.
Gran parte de estas actividades se desarrolla
en territorios donde la presencia efectiva del Estado es débil o directamente
inexistente. Allí, la apropiación de recursos y la resolución de conflictos
tienden a organizarse mediante relaciones directas, sin mediaciones
institucionales estatales.
La magnitud económica de este fenómeno suele
subestimarse. Solo la minería ilegal de oro mueve cifras estimadas en alrededor
de 12.000 millones de dólares anuales. Si se agregan las demás formas de renta
informal o ilegal, resulta razonable pensar en un volumen cercano —o incluso
superior— a los 20.000 millones de dólares por año.
Un sector social de semejante dimensión
económica y territorial necesariamente termina generando expresiones políticas
propias, aunque estas no adopten las formas tradicionales de representación
partidaria.
La desinstitucionalización del Estado
Que Perú
haya tenido ocho presidentes en apenas diez años debería bastar para ilustrar
la profundidad de la crisis. Sin embargo, eso es apenas la superficie del
problema.
La mediocridad política de gran parte de los
últimos gobiernos ha sido evidente. En varios casos, los presidentes llegaron
al poder no como resultado de liderazgos sólidos o proyectos nacionales
consistentes, sino por accidentes parlamentarios, vacancias, alianzas precarias
y maniobras coyunturales dentro del Congreso.
Solo como ejemplos: El Congreso, unicameral,
utilizando artilugios jurídicos hizo modificaciones tan profundas a la
Constitución que Perú pasó de ser un país de régimen presidencialista a uno
parlamentario, lo que explica la inestabilidad de la presidencia.
La crisis alcanza también al sistema judicial
y al Ministerio Público. La Fiscalía se ha visto inmersa en disputas internas
permanentes, mientras distintas facciones se acusan mutuamente de corrupción y
utilización política de la justicia. La pérdida de legitimidad institucional es
cada vez más visible.
El deterioro alcanza incluso a organismos
tradicionalmente considerados técnicos. La Oficina Nacional de Procesos
Electorales (ONPE), encargada de administrar las elecciones, protagonizó en
2026 una serie de episodios que revelan el nivel de precariedad estatal.
La ONPE compró un nuevo sistema de cómputo
para una elección particularmente compleja, con 36 candidaturas presidenciales
y múltiples categorías simultáneas. Para ello adquirió miles de laptops e
impresoras. Sin embargo, el sistema presentó fallas generalizadas: impresoras
sin tinta, equipos defectuosos y mesas instaladas en zonas sin suministro
eléctrico estable.
Finalmente, en medio de la propia jornada
electoral, debió ordenarse el regreso al escrutinio manual tradicional.
A ello se sumaron problemas logísticos
severos. Parte del material electoral llegó tarde o directamente no llegó a
cientos de mesas en Lima Metropolitana. La situación obligó a habilitar
excepcionalmente la votación el lunes siguiente para quienes no habían podido
sufragar el domingo.
Más que anécdotas administrativas, estos
episodios reflejan un Estado crecientemente incapaz de ejecutar funciones
básicas de manera eficiente.
Elecciones fragmentadas, representación debilitada
Es decir: una parte muy significativa de la sociedad decidió no
respaldar a ninguna de las opciones disponibles que fueron muchas y variadas
Los resultados electorales terminaron de
confirmar la profundidad de la crisis de representación.
En un país donde el voto es obligatorio,
alrededor del 26% del padrón no concurrió a votar. Entre quienes sí
participaron, más del 16% votó en blanco o anuló su voto.
Es decir: una parte muy significativa de la
sociedad decidió no respaldar a ninguna de las opciones disponibles que fueron
muchas y variadas.
La extrema fragmentación del sistema político
produjo además resultados muy débiles. Keiko Fujimori obtuvo poco más del 10%
del total del electorado, mientras Roberto Sánchez alcanzó algo más del 7%.
Ambos pasaron a la segunda vuelta, donde uno de ellos deberá alcanzar el 50%
más uno de los votos válidos.
La paradoja es evidente: candidatos con apoyos
sociales relativamente reducidos deberán intentar construir legitimidad en un
contexto de apatía, fragmentación y creciente rechazo ciudadano.
Los candidatos de la segunda vuelta
En
numerosos casos, el principal activo del “partido” es su inscripción legal,
administrada por pequeños grupos dirigentes o directamente por un propietario
político.
En Perú, los partidos políticos tradicionales
prácticamente desaparecieron hace años. Lo que hoy predominan son franquicias
electorales: estructuras jurídicas habilitadas para competir electoralmente,
pero carentes de organización territorial, militancia estable o programas
consistentes.
En numerosos casos, el principal activo del
“partido” es su inscripción legal, administrada por pequeños grupos dirigentes
o directamente por un propietario político.
Dentro de ese escenario, el fujimorismo sigue
siendo la fuerza más estructurada y reconocible. Representado por Keiko
Fujimori, mantiene una orientación conservadora con componentes populistas.
Conserva además una maquinaria electoral relativamente sólida. Su presencia
dominante está en Lima Metropolitana, sectores socioeconómicos altos y algunas
regiones de la costa y la selva norte, herencia parcial del peso político del
gobierno de su padre, Alberto Fujimori.
Por otro lado, Juntos por el Perú aparece como
una coalición heterogénea de sectores de izquierda, socialdemócratas y
movimientos sociales, articulados alrededor de la figura de Roberto Sánchez. Su
principal base electoral se encuentra en el Perú rural, especialmente en el sur
y centro andino, así como en los sectores populares urbanos y rurales.
Más que partidos clásicos, ambos espacios
expresan coaliciones sociales y territoriales relativamente inestables.
Perspectivas inciertas
La disputa central será la capacidad de ambos candidatos para atraer a
sectores que no se sienten representados por ninguna de las opciones existentes
Las principales encuestadoras —como Ipsos
Perú, Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y Datum—
coinciden en mostrar una segunda vuelta extremadamente pareja y con un volumen
elevado de indecisos.
La disputa central será la capacidad de ambos
candidatos para atraer a sectores que no se sienten representados por ninguna
de las opciones existentes.
Por eso, buena parte de los analistas coincide
en que tanto Fujimori como Sánchez intentarán moderar sus discursos y
desplazarse hacia posiciones más centristas. En otras palabras: buscarán
reducir los temores que despiertan en electorados que desconfían de ambos
proyectos.
Sin embargo, el problema de fondo trasciende a
los candidatos.
La crisis peruana ya no parece limitarse a una
crisis de gobierno o de liderazgo político. Lo que comienza a ponerse en
cuestión es la capacidad misma del sistema institucional para integrar
socialmente a un país cada vez más fragmentado entre formalidad e informalidad,
legalidad e ilegalidad, Estado y economías paralelas.
Y las elecciones de 2026 ha mostrado que ese
proceso no se está deteniendo, sino profundizando.
Silvio
Dragunsky G.
Lima, 15 de mayo de 2026
Silviodragunsky.blogspot.com
Sdragunsky@gmail.com
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