MILEI, EL AJUSTE Y EL NUEVO PAÍS QUE QUIEREN CONSTRUIR

 

 

MILEI NO TIENE OTRA OPCIÓN QUE APLICAR MEDIDAS ANUNCIADAS EN ARGENTINA – RCR Peru

Existe una lógica clara: reordenar la economía argentina para adaptarla a las nuevas condiciones del mercado mundial y fortalecer el peso de los sectores más concentrados del poder económico.

Milei, el ajuste y el nuevo país que quieren construir

Por Silvio Dragunsky G.

Hay momentos en que la política deja de ser un juego de apariencias y obliga a mirar la estructura profunda de los procesos. Lo que ocurre hoy en Argentina no puede reducirse a la personalidad de Javier Milei, a su estilo provocador ni a la dureza coyuntural de algunas de sus medidas. Detrás de todo eso hay un proyecto.

Puede gustar o generar rechazo, pero existe una lógica clara: reordenar la economía argentina para adaptarla a las nuevas condiciones del mercado mundial y fortalecer el peso de los sectores más concentrados del poder económico.

Esa es la clave para entender el presente.

Milei no actúa simplemente como un dirigente imprevisible. Es el ejecutor de un programa que busca modificar profundamente el papel que el Estado desempeñó en la economía argentina durante buena parte del período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El objetivo va mucho más allá de “ordenar las cuentas públicas”. Implica reducir el peso de las políticas de bienestar, modificar las relaciones laborales y redefinir el lugar de la industria argentina en la economía mundial.

La Argentina que emerge de este proyecto es diferente de aquella que aspiraba a desarrollar una estructura productiva diversificada, con una industria fuerte, un amplio mercado interno y mecanismos de protección social.

La apuesta parece orientarse hacia un país especializado en aquellas actividades en las que posee ventajas competitivas internacionales: alimentos, energía, petróleo, gas, litio y otros recursos minerales.

Un país para exportar, no para incluir

La idea de fondo puede resumirse en una fórmula sencilla: si Argentina necesita dólares y no puede obtenerlos mediante crédito o inversión, debe generarlos exportando más y consumiendo menos internamente.

De allí surge buena parte de la lógica del ajuste sobre salarios, jubilaciones, gasto público y demanda interna.

No se trata solamente de una política de emergencia destinada a atravesar una crisis. Es también una forma de modificar el funcionamiento de la economía y, con ello, la relación de fuerzas entre los distintos sectores sociales.

Desde esta perspectiva, la reducción del poder adquisitivo no constituye simplemente un efecto secundario. Puede convertirse en un mecanismo funcional al nuevo esquema.

Salarios más bajos significan menores costos para determinadas empresas. Una menor demanda interna reduce el poder de negociación de los trabajadores y obliga a muchas empresas orientadas al mercado interno a reducir costos, cerrar o reconvertirse.

El resultado puede ser una economía más orientada hacia la exportación, pero también una sociedad con menor capacidad de consumo y mayores niveles de desigualdad.

La cuestión de fondo es sencilla: hacer de Argentina un país más competitivo para producir y exportar puede significar, simultáneamente, hacerla más difícil para vivir.

 

 

El derrumbe de la industria y el peso del modelo global

Argentina no compite en un vacío. Lo hace en un mundo atravesado por enormes diferencias de productividad, escala y tecnología.

China se ha convertido en una potencia industrial de dimensiones extraordinarias, mientras Estados Unidos y Europa continúan protegiendo sectores estratégicos mediante subsidios, regulaciones y políticas industriales.

En ese contexto, suponer que una apertura amplia de la economía permitirá automáticamente el fortalecimiento de la industria argentina resulta, como mínimo, discutible.

Si las empresas locales deben competir de inmediato con productores extranjeros que cuentan con mayores escalas, tecnología, financiamiento o menores costos, una parte de la industria nacional tendrá enormes dificultades para sobrevivir.

El riesgo es que Argentina termine especializándose cada vez más en aquello que ya produce con ventajas relativas: granos, carnes, aceites, petróleo, gas, litio y otros recursos naturales.

El resto de la economía quedaría progresivamente condicionado por las importaciones.

El problema no es solamente económico. También es territorial y social. Un país dependiente de unos pocos grandes complejos exportadores tiende a concentrar la generación de riqueza en determinadas regiones y actividades.

Mientras algunas zonas pueden beneficiarse de la expansión agroindustrial, energética o minera, otras —en particular las ciudades industriales y numerosos centros urbanos del interior— pueden sufrir el cierre de fábricas, la pérdida de empleo y el deterioro de sus economías locales.

La pregunta es inevitable: ¿qué tipo de país se quiere construir?

¿Una Argentina integrada, con industria, servicios públicos y un amplio mercado interno?

¿O una Argentina más pequeña en términos del Estado y especializada en producir aquello que el mercado internacional está dispuesto a comprar?

No son opciones equivalentes.

 

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La clase media como una de las grandes víctimas

Existe una verdad incómoda en este proceso: la clase media argentina puede convertirse en una de sus principales víctimas.

No es la única perjudicada. Los sectores de menores ingresos sufren con especial intensidad la reducción de los ingresos reales, la precarización y el deterioro de los servicios públicos. Pero el deterioro de la clase media tiene una importancia económica, social y política particular.

Durante décadas, la clase media fue uno de los pilares de la sociedad argentina. Su existencia estuvo asociada a la posibilidad de acceder a la educación, la vivienda, determinados niveles de consumo y una expectativa razonable de movilidad social.

Cuando esa expectativa desaparece, no solo se produce un empobrecimiento material. También se modifica la percepción del futuro.

Una sociedad en la que amplios sectores sienten que sus hijos vivirán peor que ellos, pierde uno de sus mecanismos fundamentales de integración.

El resultado puede ser una Argentina más desigual y polarizada.

De un lado, sectores minoritarios con elevados niveles de consumo y acceso a activos financieros, propiedades y actividades vinculadas a la exportación, la energía o los recursos naturales.

Del otro, una mayoría cada vez más expuesta a la precariedad, la informalidad y la pérdida de capacidad adquisitiva.

Esta fractura no modifica únicamente la economía. También transforma la cultura política y las relaciones sociales.

Estabilizar no es necesariamente reconstruir

La inflación constituye otro elemento central.

Durante años, la inflación argentina destruyó ingresos, licuó salarios y convirtió la economía cotidiana en una permanente incertidumbre. El programa de Milei parte de una premisa atendible: la estabilización monetaria es una condición necesaria para reconstruir la economía

Pero estabilizar los precios no equivale necesariamente a reconstruir el bienestar.

Una economía puede alcanzar mayor estabilidad macroeconómica y, al mismo tiempo, mantener elevados niveles de pobreza, desempleo, informalidad o desigualdad.

La pregunta decisiva es qué ocurre después de la estabilización.

Si el resultado es una economía con precios más previsibles, pero con salarios deprimidos, servicios públicos debilitados y una estructura productiva menos diversificada, el éxito macroeconómico tendrá un costo social considerable.

La promesa oficial es que el sacrificio actual permitirá construir las condiciones para una recuperación futura.

Pero esa recuperación no está garantizada.

Un proyecto que necesita dólares

El modelo tampoco depende exclusivamente de las decisiones del gobierno. Necesita dólares.

Para sostener una economía más abierta y financiar el crecimiento, Argentina requiere inversiones, exportaciones crecientes, acceso al crédito y una expansión suficiente de sus sectores generadores de divisas.

El país posee recursos extraordinarios para hacerlo: agroindustria, petróleo y gas, litio, minería y capacidad energética.

Pero disponer de recursos no significa automáticamente transformarlos en desarrollo.

La experiencia argentina muestra que los períodos de estabilidad han dependido también de condiciones internacionales favorables. Cuando ingresan dólares en abundancia, la economía dispone de margen para crecer, importar e invertir. Cuando esos flujos desaparecen, reaparecen las restricciones externas.

Por eso, una de las grandes incógnitas del proyecto de Milei es si la expansión de las actividades exportadoras será suficiente para generar los dólares necesarios y, al mismo tiempo, crear una economía capaz de incorporar al conjunto de la sociedad.

Si no ocurre, existe el riesgo de que el ajuste deje de ser una etapa transitoria y se transforme en una característica permanente del modelo.

 

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¿Qué país quedará después del ajuste?

Esta es, en última instancia, la pregunta que debería estar en el centro del debate argentino.

El gobierno de Milei no está simplemente intentando resolver una crisis fiscal o monetaria. Está tratando de cambiar la estructura económica del país.

Por eso, la discusión no debería limitarse a saber si el déficit fiscal es bueno o malo, si el Banco Central debe emitir o si las empresas públicas deben privatizarse.

La cuestión fundamental es otra:

¿Qué Argentina se quiere construir?

Una economía más abierta, más pequeña en términos del Estado y orientada hacia la exportación puede ser viable. Pero también puede consolidar una estructura económica con fuertes desigualdades, menor diversificación productiva y una sociedad más segmentada.

La reducción del Estado puede mejorar determinadas variables fiscales, pero también puede dejar sin protección a sectores que durante décadas dependieron de servicios públicos, jubilaciones y políticas sociales.

La apertura puede abaratar determinados productos, pero también destruir empresas incapaces de competir.

La disciplina fiscal puede estabilizar las cuentas públicas, pero no garantiza por sí misma crecimiento, empleo ni movilidad social.

Por eso, el verdadero debate no es simplemente entre “ajuste” y “desorden”.

Es entre distintos modelos de sociedad.

La salida no vendrá sola

Si una parte importante de la sociedad considera que este rumbo conduce a una Argentina más desigual y menos integrada, la posibilidad de modificarlo no surgirá automáticamente desde el poder.

La respuesta dependerá de la capacidad de los sectores afectados para organizarse, movilizarse y, sobre todo, construir una alternativa política capaz de disputar el sentido del cambio.

La protesta por sí sola no alcanza.

La resistencia social puede frenar una medida, modificar una ley o imponer un límite. Pero para cambiar el rumbo económico se necesita algo más: un proyecto alternativo de país.

La historia argentina demuestra que los grandes reordenamientos económicos nunca se producen sin conflicto. Cuando se modifican profundamente los salarios, el empleo, la industria, las jubilaciones y las condiciones de vida, tarde o temprano aparece la resistencia.

La verdadera incógnita no es si habrá conflicto.

Es si ese conflicto será capaz de producir una alternativa.

Porque el problema argentino no se reduce a cuánto ajuste puede soportar la sociedad.

La cuestión de fondo es mucho más profunda:

qué país quedará después del ajuste y quiénes tendrán un lugar en él.

 

Silvio Dragunsky G.

Silviodragunsky.blogspot.com

sdragunsky@gmail.com

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