Perú: una elección extremadamente reñida en un país profundamente dividido
Perú: una elección extremadamente reñida en un país profundamente
dividido
Para quienes observan la política peruana
desde el exterior, el resultado de la segunda vuelta presidencial puede parecer
sorprendente. Sin embargo, debe entenderse en el contexto de un sistema
político altamente fragmentado, con partidos débiles, una elevada volatilidad
electoral y una prolongada crisis institucional. En los últimos años, el país
ha atravesado una sucesión de presidentes, enfrentamientos permanentes entre el
Poder Ejecutivo y el Congreso y un marcado deterioro de la seguridad ciudadana.
Ese contexto ayuda a explicar tanto la polarización electoral como la extrema
estrechez del resultado.
Un resultado decidido por apenas el 0,2 %
En la primera vuelta participaron 36 partidos
políticos. Keiko Fujimori obtuvo alrededor del 10 % del padrón electoral y
Roberto Sánchez aproximadamente el 7 %. Ambos llegaron al balotaje con apoyos
iniciales relativamente reducidos, reflejo de la enorme fragmentación del
sistema político peruano.
En la segunda vuelta, Fujimori obtuvo una
ventaja de aproximadamente 49.600 votos sobre un total cercano a 19 millones de
sufragios emitidos, es decir, apenas un 0,2 %. Fue una de las elecciones más
ajustadas de la historia reciente del país.
Dos candidaturas muy diferentes
Keiko Fujimori representa una derecha
tradicional que conserva una parte importante del apoyo popular construido
durante el gobierno de su padre, Alberto Fujimori. Su campaña giró alrededor de
un mensaje muy simple: "Orden frente al caos". El eslogan
buscó conectar con una sociedad cansada de la inestabilidad política, los
constantes cambios de gobierno y el fuerte incremento de la delincuencia y la
violencia urbana. La seguridad pública fue, probablemente, el tema dominante de
la campaña. Tubo a su favor, el apoyo de la mayoría de la prensa escrita y
televisada al extremo de merecer una observación de alguna de las misiones
internacionales que supervisaron el proceso electoral.
Roberto Sánchez, psicólogo de profesión, fue
congresista y ministro de Comercio Exterior y Turismo durante la presidencia de
Pedro Castillo. Se lo considera un dirigente de izquierda moderada. Durante la
campaña adoptó el característico sombrero de ala ancha popularizado por
Castillo, buscando identificarse con el electorado rural y con los migrantes
andinos establecidos en las ciudades de la costa.
A partir de una organización política cuya
conducción pasó a sus manos en circunstancias posteriormente cuestionadas por
antiguos dirigentes del partido, logró reunir a diversos grupos de izquierda y
de centroizquierda bajo la denominación Juntos por el Perú.
Una de las consignas más reiteradas de su
campaña fue reclamar el indulto para Pedro Castillo, actualmente detenido y
sometido a proceso judicial por su intento de disolver inconstitucionalmente el
Congreso en diciembre de 2022.
Naranja: Color del partido de KF
Verde: Color del partido de RS
Un país dividido territorialmente
El mapa electoral volvió a mostrar una
profunda división geográfica. Fujimori ganó en Lima, en buena parte de la costa
norte —la región más urbanizada y de mayor desarrollo económico— y también en
sectores de la Amazonía septentrional, donde el gobierno de Alberto Fujimori
realizó importantes obras de infraestructura.
Sánchez obtuvo, en cambio, victorias muy
amplias en casi toda la región andina y especialmente en el sur del país.
La paridad fue absoluta. Con una diferencia
tan reducida, cualquiera de los dos candidatos podría haber resultado vencedor.
Las denuncias de fraude: una historia que se repite
Las últimas elecciones presidenciales peruanas
se han caracterizado por márgenes extremadamente estrechos.
En la elección anterior fue Keiko Fujimori
quien denunció fraude sin aportar pruebas suficientes para sostener esa
acusación. Los organismos electorales y las misiones internacionales de
observación validaron entonces los resultados. En aquel momento, la izquierda
defendió la legitimidad del triunfo de Pedro Castillo y criticó duramente a la
derecha por cuestionar el proceso electoral.
En esta oportunidad, es Roberto Sánchez quien
plantea sospechas sobre un eventual manejo irregular de algunas actas
correspondientes al voto en el exterior. Hasta el momento no ha presentado
pruebas que respalden esas denuncias. Tanto los representantes de los partidos
presentes en las mesas de votación como los observadores internacionales han
informado que el proceso electoral transcurrió con normalidad y sin evidencias
de fraude sistemático.
El cálculo político detrás de las impugnaciones
Desde el punto de vista político, las
impugnaciones parecen responder principalmente a una lógica de construcción de
liderazgo.
Sánchez necesita demostrar a sus votantes
—especialmente en el sur andino— que agotará todas las instancias para defender
cada voto recibido y consolidarse como el principal referente de la oposición
al nuevo gobierno. Esa necesidad es aún mayor porque no fue elegido
congresista, lo que reducirá considerablemente su presencia institucional y
mediática.
Además, su bancada parlamentaria reúne
sectores muy diversos, por lo que no sería sorprendente que experimente un
proceso gradual de fragmentación conforme avance la nueva legislatura, como ha
ocurrido con frecuencia en el Congreso peruano.
Una conclusión
Más que una crisis de legitimidad del sistema
electoral, esta elección refleja un país dividido casi exactamente en dos
mitades.
La estrechísima diferencia entre ambos
candidatos convierte cualquier cuestionamiento al resultado en un recurso
políticamente rentable para quien resulta derrotado. La experiencia de las dos
últimas elecciones demuestra que esta conducta ya no es patrimonio exclusivo de
uno u otro sector político, sino una manifestación de la creciente
polarización, de la debilidad de los partidos y de la fragilidad institucional
que caracteriza al Perú contemporáneo.
Silvio Dragunsky G.
Lima, 30 de junio de 2026
Silviodragunsky.blogspot.com
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