DEL SUPERBOOM A LA CRISIS

 

 

DEL SUPERBOOM A LA CRISIS

 


El agotamiento económico detrás del declive de los gobiernos populares

 

Por Silvio Dragunsky

Pensar que la región puede regresar simplemente al ciclo de bonanza anterior mediante la elección de un “buen gobernante” expresa más una nostalgia política que una estrategia realista.

 

Cuando se analizan los procesos políticos sudamericanos de las últimas décadas, suele recurrirse a explicaciones centradas en las particularidades nacionales o en las características personales de los gobernantes de turno.

Sin embargo, la relativa simultaneidad en el ascenso —y posteriormente en el desgaste— de gobiernos considerados “populares” o “progresistas” obliga a buscar factores comunes más profundos.

Los casos de Rafael Correa en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y los gobiernos kirchneristas en Argentina muestran trayectorias diferentes, pero atravesadas por un mismo fenómeno económico internacional: el extraordinario aumento del precio de las materias primas durante más de una década.

Comprender ese proceso permite explicar no solo el auge político de estos gobiernos, sino también buena parte de sus crisis posteriores.

 

Evolución de los términos del intercambio

Durante el superboom, los Estados ampliaron significativamente su participación en la economía, elevando el gasto público a niveles históricamente altos.  Esto es lo que creó las condiciones económicas que sostuvieron a los gobiernos progresistas de la región.

 

El “superboom” de las materias primas

 

A comienzos del siglo XXI, el mundo experimentó un crecimiento excepcional del consumo de materias primas, cereales, carnes, minerales y energía. El principal motor de este fenómeno fue la incorporación de cientos de millones de campesinos chinos al proceso de industrialización de ese país.

China necesitaba alimentos, viviendas, infraestructura y enormes cantidades de insumos industriales. Como consecuencia, los precios internacionales alcanzaron niveles extraordinarios.

El petróleo superó los 140 dólares por barril, la soya llegó a más de 600 dólares por tonelada y numerosos minerales multiplicaron su valor.

Además, a raíz de la crisis financiera de 2008, Estados Unidos implementó programas masivos de flexibilización cuantitativa (quantitative easing), aumentando significativamente la liquidez internacional. Estas medidas ayudaron a amortiguar la recesión y aceleraron la recuperación económica, aunque también contribuyeron a un prolongado período de abundancia de dólares en los mercados globales.

El gráfico es suficientemente elocuente: el denominado “superboom” se extendió aproximadamente entre 2003 y 2014.

Ese contexto permitió a varios gobiernos sudamericanos expandir significativamente el gasto público: contratar más empleados estatales, aumentar los programas sociales, desarrollar obras de infraestructura y ampliar subsidios.

Sin duda, esas políticas mejoraron de manera tangible las condiciones de vida de amplios sectores populares y explican gran parte de la legitimidad política y electoral que estos gobiernos alcanzaron durante esos años.

 

Pero la bonanza tenía límites.

 

A partir de 2013, la economía china comenzó a desacelerarse y volvió a tasas de crecimiento normales. La demanda de commodities se redujo al mismo tiempo que la Reserva Federal de los EEUU limitó la emisión de divisas, con la consecuencia que los precios internacionales comenzaron a desplomarse.

Es así como en 2014 comenzaron a hacerse notar los problemas estructurales subyacentes que la bonanza había enmascarado.

 

Gasto público vs. PBI

Con ingresos extraordinarios, los Estados expandieron el gasto público mucho más allá de sus niveles históricos.

 

El crecimiento del gasto público y el agotamiento del modelo

 

Entre 2003 hasta el 2014, muchos países de la región, que históricamente destinaban entre el 25% y el 30% del PBI al gasto público, pasaron a gastar alrededor del 40% o incluso el 45%, financiados en gran medida por los ingresos extraordinarios derivados del boom exportador.

Al analizar, hay que tener en cuenta que aumentó el porcentaje de fondos destinados a gastos públicos, sobre un PBI que creció de manera significativa, por lo que el monto invertido se incrementaba por los dos lados.

Esa expansión del gasto constituyó la base material de la estabilidad política de los gobiernos progresistas.

Sin embargo, cuando desaparecieron los ingresos excepcionales, varios gobiernos intentaron sostener el mismo nivel de gasto sin contar ya con los recursos necesarios.

Las consecuencias fueron distintas según cada país, pero todas expresaron un mismo problema de fondo: la crisis de financiamiento del Estado.

 

Gasto público per cápita

El aumento sostenido del gasto estatal por habitante refleja la expansión de programas sociales, subsidios y empleo público durante los años de bonanza.  Cuando terminó la bonanza, mantener este nivel de gasto se convirtió en uno de los principales desafíos económicos de la región

 

Argentina: inflación y agotamiento

 

Tras la crisis de 2001, que provocó la caída de Fernando de la Rúa y una sucesión de cinco presidentes en pocas semanas, Argentina ingresó en un período de fuerte recuperación económica impulsado por el aumento explosivo del precio internacional de los cereales junto con una significativa reestructuración de la deuda pública, posterior a la crisis del 2001.

El Estado expandió el gasto público para recomponer el tejido social y estabilizar políticamente al país.

Durante varios años, el modelo funcionó.

Una vez finalizada la bonanza, el gasto público se mantuvo, pero ahora, sin respaldo suficiente de divisas ni de ingresos fiscales genuinos. El resultado fue el desarrollo de un prolongado proceso inflacionario.

Los intentos de ajuste gradual durante el gobierno de Mauricio Macri no lograron resolver el problema. Posteriormente, el gobierno de Alberto Fernández intentó nuevamente expandir el gasto sin modificar las restricciones estructurales.

La llegada de Javier Milei al gobierno fue, en buena medida, la expresión política de ese agotamiento económico y social.

 

Cuando se terminaron los dólares del superboom, las reservas comenzaron a mostrar las debilidades estructurales de cada modelo económico. Ecuador fue la excepción porque dolarizó su economía.

 

Bolivia: el fin del ciclo del gas

 

En Bolivia, la nacionalización de los hidrocarburos permitió incrementar considerablemente los ingresos estatales.

Durante años, el gobierno de Evo Morales expandió el gasto social y fortaleció la presencia del Estado gracias a la renta gasífera.

Sin embargo, la falta de inversiones y de desarrollo de nuevos pozos terminó reduciendo la producción. Cuando comenzaron a agotarse las reservas y disminuyeron las exportaciones, también desaparecieron las divisas.

La actual crisis económica boliviana tiene allí una de sus raíces principales.

Venezuela: el derrumbe más profundo

 

El caso venezolano representa la crisis más extrema de la región.

La caída abrupta del precio del petróleo desde más de 120 dólares hasta alrededor de 40 dólares por barril, entre 2013 y 2014, golpeó brutalmente a una economía extremadamente dependiente de la renta petrolera.

Las sanciones norteamericanas agravaron posteriormente la situación, pero la crisis económica ya se encontraba en desarrollo antes de su implementación masiva.

Las consecuencias fueron dramáticas: más de seis millones de venezolanos emigraron desde 2014 en adelante, configurando una de las mayores migraciones en tiempos de paz de la historia contemporánea.

 

Ecuador: la dolarización como salida

 

Ecuador adoptó una estrategia distinta.

El país eliminó su moneda nacional —el sucre— y adoptó oficialmente el dólar estadounidense.

La dolarización permitió evitar crisis monetarias inmediatas y controlar la inflación, pero al costo de perder herramientas fundamentales de política económica.

El problema de fondo persiste: en economías subdesarrolladas, los costos internos suelen crecer más rápido que en Estados Unidos. A largo plazo, esto erosiona la competitividad y limita severamente la capacidad de crecimiento.

En cierto sentido, Ecuador reemplazó una crisis inmediata por una crisis estructural de largo plazo.

 

Conclusiones:

 

El límite económico del progresismo sudamericano

 

La experiencia sudamericana de las últimas dos décadas deja algunas conclusiones importantes.

Primero: los gobiernos populares que lograron mejorar de manera significativa las condiciones de vida de amplios sectores sociales coincidieron con un período excepcionalmente favorable de los términos de intercambio internacionales.

La voluntad política puede ser una condición necesaria, pero no suficiente.

 

Segundo: cuando se agotan las divisas y surge la crisis del mercado cambiario, sobrevienen las devaluaciones, la caída del salario real y el deterioro de las condiciones de vida.

En ese contexto suelen emerger gobiernos crecientemente autoritarios, muchas veces como consecuencia directa de los desequilibrios económicos acumulados.

Tercero: Finalmente, existe una conclusión política más profunda.

Pensar que la región puede regresar simplemente al ciclo de bonanza anterior mediante la elección de un "buen gobernante" expresa más una nostalgia política que una estrategia realista.

Mientras Sudamérica no desarrolle cambios muy profundos en su organización política y económica, los efectos de otros “superboom” de materias primas, seguirán oscilando entre expectativas desmesuradas y frustraciones recurrentes.

La nostalgia de lo que fue, tal vez sea una buena base para componer un tango.

Pero no es suficiente para hacer política.

 

Silvio Dragunsky

Lima, mayo de 2026

Silviodragunsky.blogspot.com

sdragunsky@gmail.com

 

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