EL NUEVO GABINETE COMO SÍNTOMA: ADMINISTRAR LA COEXISTENCIA DE DOS ESTADOS
El nuevo gabinete como síntoma: administrar la coexistencia de dos Estados
La reciente conformación de un nuevo gabinete
expresa con claridad la lógica predominante en el sistema político: la
administración de una dualidad estructural que el propio Estado ha sido incapaz
de resolver.
La reciente conformación del gabinete en Perú
no representa un intento de reordenamiento del poder ni de recuperación de la
autoridad estatal. Por el contrario, expresa con claridad la lógica
predominante en el sistema político: la administración de una dualidad
estructural que el propio Estado ha sido incapaz de resolver.
En un país donde coexisten un Estado formal
—legal, normativo, institucional— y otro Estado real —informal, ilegal,
territorialmente fragmentado—, el gabinete no aparece como instrumento de
transformación, sino como mecanismo de equilibrio precario entre ambas
dimensiones.
La designación de un equipo ministerial sin
fuerte respaldo político propio, con alta rotación en la Presidencia del
Consejo de ministros y perfiles mayoritariamente técnicos, revela una
estrategia defensiva. No busca conducir el proceso político, sino evitar su
desborde. No intenta reconstruir autoridad, sino administrar su erosión.
Desde la crisis que siguió al gobierno de Pedro
Castillo, el sistema político ha dejado de operar como un espacio de dirección
estratégica. Se ha transformado en un campo de negociación fragmentada, donde
el Ejecutivo evita el conflicto abierto con el Congreso y el Congreso evita
asumir plenamente los costos de gobernar. El resultado es un equilibrio
inestable, sostenido más por la mutua debilidad que por acuerdos sustantivos.
El gabinete no representa un proyecto de
gobierno, sino una forma de contención. Su función principal es ganar tiempo
En este contexto, el gabinete no representa un
proyecto de gobierno, sino una forma de contención. Su función principal es
ganar tiempo.
Sin embargo, el problema de fondo no reside
únicamente en la fragilidad política, sino en la progresiva expansión del “otro
Estado”: aquel que se estructura en torno a economías ilegales, redes
informales y formas de control territorial que escapan a la legalidad. Mientras
el Estado formal mantiene la apariencia de orden —especialmente en los
indicadores macroeconómicos y en los espacios institucionales de Lima—, el
Estado real se expande en amplias zonas del país, estableciendo sus propias
reglas, mecanismos de protección y circuitos económicos.
El gabinete, tal como está configurado, no
parece tener la capacidad ni el mandato para enfrentar esta dinámica. En áreas
críticas como seguridad interior, control territorial o regulación económica
efectiva, la acción del Estado continúa siendo reactiva, fragmentaria y, en
muchos casos, insuficiente.
De este modo, lejos de revertir la dualidad,
el nuevo gabinete la consolida. No porque lo proponga explícitamente, sino
porque carece de los instrumentos políticos y de la voluntad estratégica
necesarios para alterarla.
En definitiva, el gabinete actual no es la
causa de la crisis del Estado peruano, sino su expresión más visible. Es el
reflejo de un sistema político que ha dejado de organizar el poder para
limitarse a administrarlo en condiciones de creciente informalización.
Silvio Dragunsky G
Lima, 17 de marzo de 2026
Silviodragunsky.blogspot.com
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